Siniestralidad laboral

A pesar de lo que piensan los expertos en asuntos económicos, que, como es lógico, siguen las directrices de quienes controlan las entradas a la puerta del mercado laboral, aún hay un ejército considerable de trabajadores que se levantan cuando canta el gallo y a los que les faltan minutos para poder sorber con tranquilidad un tazón de café con leche.

Quizás el antiguo proletariado haya mudado en parte su aspecto, pero, a pesar de tantas operaciones de cosmética, lo que no se puede negar en ningún caso es que ocupan los mismos puestos de siempre en las primeras filas del andamio o sujetos a una alienante cadena Tayloriana. Lo que, a fin de cuentas, indica que por mucho que nos empeñemos en que el trabajo aumenta la virtud, es más bien cierto, por el contrario, que lo que engrosa es la lista de cruces en el cementerio.

Algo de lo que dan fe las cifras de siniestralidad laboral recogidas en el informe del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, que, si bien para el año 2007 contabilizó un 10,9 por ciento menos que el año anterior -lo que sin duda constituye una buena noticia-, no coincide en su balance anual con las cifras de otros organismos.

(La Nueva España)

Por lo que a nuestra región se refiere, y con los datos recogidos de la estadística del Instituto Asturiano de Prevención de Riesgos Laborales, el año 2007 se cerró con un incremento en la siniestralidad laboral del 8,91 por ciento, una parte de la cual pertenece a la construcción -hubo 500 accidentes más que el año anterior-, mientras que otra no menos importante tuvo como protagonista a un sector básico de la economía asturiana, como es el metal -aquí las víctimas se dispararon un 600 por ciento.

Si dejamos a un lado esta disparidad de criterios -algo que no debe extrañar mucho, pues Pitágoras y las estadísticas nunca tuvieron una buena relación, precisamente-, lo que sí parece incuestionable es que el primer puesto en la carrera de damnificados se lo llevó la construcción. Un lugar de honor que a buen seguro seguirá conservando el combinado del cemento y los ladrillos, visto que el negocio de los pisos no cesa de crecer, lo que significa que cada vez que nos subimos al andamio no estamos seguros de si la próxima pinta de vino la tomaremos en el bar de siempre o tendremos nuevos compañeros de barra entre los clientes fijos del camposanto.
No parece, en este caso, que haya que romperse mucho la frente para encontrar los motivos de tantos accidentes. De todos es conocido que la temporalidad en los trabajos, o las largas jornadas laborales, entre otros, tienen mucho que ver con los descensos en vuelo directo y sin paracaídas desde las alturas, una aventura no deseable, y que, en el mejor de los supuestos, termina su ruta en la cama de un hospital.

Es cierto que no todas las sopas son iguales, y que hay fideos de mayor o menor grosor y de distinta calidad dependiendo de los precios que se esté dispuesto a pagar. Lo mismo sucede con los empresarios, que a veces se limitan a nadar en la sopa de sus ganancias mientras que otras pretenden ocupar el plato por completo. De todos modos, al margen del apetito de cada uno, existe la obligación de tomar la sopa con la cuchara legal, que, en este caso, es la ley de Prevención de Riesgos Laborales, aprobada hace poco más de doce años.

Javier García.

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